Consagrada Imagen de María Santísima de la Soledad
Nació en el taller de escultura de un artista nacional. Ciertos devotos aseguran haber visto un documento escrito por don Huberto Solis Soberanis, quien afirmó que la misma era obra del maestro José Maria Larrave, discípulo del maestro Buenaventura Ramírez, un destacado tallador del siglo pasado.
No hay referencias de ningún escultor de fines del siglo pasado con dicho nombre, y tampoco ninguno de los historiadores del arte que se ha interesado en el estudio de talleres de imagineria del siglo XIX e inicios del siglo XX, incluye entre sus listados este nombre, especialmente en el estudio de Elena Mendoza de Reyes, acerca de los artistas artesanos de inicios de siglo en Guatemala, por lo que reafirmar lo anterior o bien declinar dicha posición solo se podrá lograr con un concienzudo análisis del supuesto documento y otras referencias adicionales, ya que no se trata ni siquiera de un contrato, sino que únicamente del decir de un prestigiado escultor de inicios del siglo XX en Guatemala.
De lo que si podemos estar seguros es que fue precisamente don Huberto Solís Soberanis quien “retocó” esta imagen hacia la década de 1950 posiblemente antes o después de que el citado maestro tallara las imágenes de San Juan y María Magdalena, que constituyen una de las glorias escultóricas de técnica tradicional más importantes que el siglo XX haya legado.
Destacamos aquí la palabra “retoque”, ya que fue un procedimiento artesanal que siguió un patrón tradicional, el maestro lo efectuó sin conocimiento de técnicas contemporáneas que se enmarcan dentro de la misma que exige al maestro ejecutar el trabajo siguiendo las huellas de lo que encuentra, mientras que el escultor Solís lo hizo desde su propia perspectiva creativa, casi como deseando dejar una huella propia en esta talla.
Los rasgos de Nuestra Señora de Soledad son únicos, se acercan a muchos de los detalles que caracterizan a las de San Juan y María Magdalena del mismo templo. Constituyen sin lugar a dudas uno de los conjuntos estéticos más significativos y de mayor unidad que desfilan durante la Semana Santa en la ciudad de Guatemala.
Las tres imágenes presentan un tratamiento extraordinario en cuanto a la cuidadosa capa de pintura con que se formó el encarnado. Casi podríamos atrevernos a afirmar que si la escultura de la Soledad es obra anterior al maestro Huberto Solís, él corrigió ciertos detalles en la misma, con el objeto de unificarla a las demás tallas que ejecutó para integrar el conjunto, lo cual se acrecentó posteriormente cuando dichas tallas fueron sometidas a un cuidadoso trabajo de resane, después de los daños sufridos a consecuencia del terremoto de 1,976.
Desde luego no podemos pensar que fue únicamente el maestro Huberto Solís quien ejecutó la obra totalmente. Aquí hubo la intervención de él como disciplinado y magnifico tallador, pero también la hubo quizás del maestro Santiago Rojas, quien contemporáneo de Solís, ejecutó cuidadosos y elaborados encarnados. Hay que tomar en cuenta que la imagineria tradicional en Guatemala siguió el viejo patrón colonial en el que se exige la participación de un escultor y de un maestro pintor, en este caso encarnador, quien ejecute los delicados rasgos pictóricos sobre la talla, y es quien da el toque final a las esculturas, proporcionándoles un sentido más humano y natural, reproduciendo el color de la tez morena, blanca o de la tonalidad que se desee, aunque conviene anotar que el maestro Solís fue también pintor de esculturas.
Por lo tanto, para encontrar el origen de esta imagen hay que proceder con más profundidad, tal como lo afirman varios historiadores del arte guatemalteco. Primero, conocer la documentación acerca de la obra y después entrar en un detallado análisis de los componentes pictóricos y de los rasgos estéticos de una escultura que si bien manifiesta detalles de alta calidad, está muy lejanos de ser parte de una escuela “barroca” como algunos sin ninguna base de conocimientos lo han prodigado.
Se trata sin lugar a dudas de la imagen que acompaña las procesiones del Santo Entierro, y como algunos críticos piensan, posiblemente se mandó a hacer originalmente para acompañar a la imagen del Nazareno del Consuelo, ya que sigue los patrones sobrios y elegantes que tipifican a esta representación de Jesús, convirtiéndose ambos en las joyas más preciadas que haya legado el estilo neoclásico en nuestro medio.
De magnifica altura, esbelta, rígida, con el rictus acongojado y pleno de dolor, pero sin ninguna lágrima, su rostro obedece a los lineamientos neoclásicos, románticos, en lo que es evidente que la muerte se acoge con serenidad. Ya no hay dramatismo, su rictus se torna en algo dulce y suave, enfrenta el dolor con estoicismo, pero ante todo demuestra comprensión hacia quienes son los causantes de este sacrificio.
Fueron estos detalles lo que inspiraron al padre Fran Miguel A. Murcia, miembro de la comunidad franciscana para componer una de las marchas dedicadas a dicha imagen, titulada La Soledad hacia a década del 50, cuando también el mismo dirigente eclesiástico hizo traer desde España el manto bordado en hilo de oro, con el apoyo de varias devotas cargadoras.
Es interesante contemplar cómo a partir de que entonces la imagen de la Virgen figura en fotografías de los cortejos procesionales, ya que curiosamente anterior a esa época no existen este tipo de evidencias que manifiesten el grado de devoción que la misma tuvo en las décadas pasadas.
Trascendencia Social
Para comprender la trascendencia que esta imagen tiene dentro del gran conglomerado social de los guatemaltecos hay que escudriñar entre las procesiones de cada Viernes Santo. Aquí no importa si ella tiene 50, 100 ó más años, lo significativo para el pueblo es la dulzura con que acepta la realidad, el drama de la muerte y el deseo del consuelo.
Unifica tras de si a millares de devotas cargadoras y fieles que la siguen cada Viernes Santo desde que abandona su templo hasta su retorno al anochecer. Recuerda a todos con su rictus lleno de amargura y tranquilidad ideal la pérdida del ser más querido y la esperanza por un mundo mejor.
Ella desfiló en los años anteriores cuajada de canastas de claveles rojos, en instantes en que los guatemaltecos salían con las mismas flores en sus manos para acompañar los entierros de sus nuevos mártires, demostrando a su pueblo que compartía su dolor, hasta quedar sin lágrimas como las madres y huérfanos que siguen sus pasos en cada Viernes Santo inmortal.
A su regazo vienen mujeres y hombres a brindarle oraciones para encontrar en ella un consuelo para sus múltiples congojas. Así no importa si fue tallada ayer o hace muchas décadas, lo significativo es que su pueblo se ve reflejado en ellas, y sus ojos tristes son el espejo donde se mira la auténtica Guatemala. Ella es la Soledad de nuestra época, ella fulgura cada Viernes Santo, para recordar que todo sacrificio tiene una esperanza, ella es y será la imagen que se tenga en Guatemala de una Soledad para el siglo XXI.
Lic. Haroldo Rodas Estrada La Hora-Suplemento Especial
Guatemala, 8 de abril de 1998. p.13